CUNDI MUNICIPIOS

LA PALMA

Cambio Para Progresar

Alcalde

Adrián Tovar Espitia

Despacho del Alcalde

contactenos@lapalma-cundinamarca.gov.co

Dirección: Carrera 4 No 4 - 45

Número de telefono: (57 1) 850 53 48

Web: http://www.lapalma-cundinamarca.gov.co

escudo
bandera

Nuestro Municipio

En el libro quince se escribe cómo don Antonio de Toledo, siendo alcalde en la ciudad de Mariquita, salió con gente a correr los términos de su pueblo, y metiose por la tierra de los colimas, donde pobló la villa de la Palma. Después de repartir los naturales vínose a Santafé, a dar cuenta a la Audiencia de lo que había hecho; fue preso y proveído en su lugar para la villa a Juan de Otálora, vizcaíno. En este tiempo hicieron tal guerra los naturales colimas que forzaron a los españoles a despoblar el lugar e irse fuéra de la tierra. Sabido esto por la Audiencia, mandaron que don Antonio volviese a reedificar la villa a su costa; fue hecho así por el don Antonio, el cual luego se tomó a salir; quedó don Gutierre de Ovalle con cargo de justicia mayor pacificando la tierra; mudó el pueblo ciertas veces hasta que lo vino a poner a donde ahora esté. Escríbase la prolija guerra que los indios tuvieron con los españoles, y todo lo sucedido en esta villa hasta el tiempo que Hernando Velasco fue allá por corregidor, con algunas propiedades y naturalezas así de los indios como de la propia tierra y provincia de los colimas. Capítulo primero En el cual se escribe cómo don Antonio de Toledo, siendo alcalde de Mariquita, salió con gente cautelosamente, con título y color de que iba a correr los términos de este pueblo, y se metió por la tierra de los colimas con designio de poblar un pueblo. Escríbase la causa del correr estos términos, y cómo por qué son llamados colimas  los indios donde está la provincia dela villa de la Palma, y lo que sucedió a don Antonio en el ínterin que estuvo alojado en la loma de Caparrapí. En la provincia de los muzos está poblado otro lugar o pueblo de españoles, llamado la villa de la Palma; y aunque los pobladores de este pueblo comúnmente han llamado y llaman a los naturales de la comarca donde este pueblo está poblado, colimas, que parece que por disonar o discordar del nombre de Muzo da a entender a los que lo ignoran que la gente y tierra es diferente de los muzos, lo cierto es lo que yo aquí escribo y en el antecedente libro he apuntado, y es, que como el pueblo de la Trinidad está más cercano a la nación y gente mosca, y los que lo poblaron entraron por aquella parte y pueblos de gente mosca, siguieron el apellido y nombradía que aquellos naturales acostumbraban llamar a la gente de esta provincia que es muzos, y así antes que la villa se poblase era llamada toda la provincia de los muzos. Después de lo cual los que poblaron a la villa de la Palma salieron de la ciudad de Mariquita, cuyos naturales es gente pancha de nación, que se extiende a otros pueblos de españoles, como son Ibagué y Tocaima, y aun Cartago y Vitoria y los Remedios, aunque difieren algo en la lengua de cada población de estas.

Los naturales de Mariquita y todos los demás panches que con los muzos confinan, que es hacia esta parte donde está poblada esta villa, en su lengua materna llaman a estos muzos, colimas, y son grandes enemigos y contrarios, y se comen los unos  los otros, y de aquí, como he dicho, vinieron estos españoles pobladores de la Palma, a llamar a los naturales donde la poblaron, colimas; pero la gente en lengua y en guerra y en el arte y tratamiento de sus personas y en el brío y obstinación de defender y conservar su libertad con las armas en la mano, toda es una, y así no ha sido menos trabajosa y calamitosa para los españoles el poblar y sustentar este pueblo, que lo ha sido a los trinitarios; porque después de haberlo poblado don Antonio de Toledo, los indios echaron y ahuyentaron los primeros pobladores fuera de todo su territorio, con pérdidas y muertes de algunos de ellos; y después, por la Audiencia del Nuevo Reino fue mandado al mismo don Antonio, por pena de haberlo antes poblado sin licencia y autoridad real, que lo reedificase a su costa y misión.

Y porque de tan breves palabras cuanto las escritas son, no se puede enteramente comprender una historia tan larga ni el exordio y principio de ella, y otros muchos particulares sucesos dignos de escribirse, aunque sea mío el trabajo, los declararé y diré por sus capitulaciones lo más por la posta que pudiere, porque aunque el leer semejantes historias es agradable a los lectores, a mí no es pequeño el trabajo de recopilarlas y escribirlas tan por extenso cuanto aquí van, especialmente siendo yo del hábito y profesión, por lo cual había más de procurar el descanso y recreación para el espíritu que trabajo tan excesivo; pero como otras veces he dicho, el amor de la patria y el ver que hasta ahora ninguna persona ha escrito la población de este Reino breve ni larga, y que si pasa este nuestro tiempo donde aún son vivos muchos o los más de los primeros descubridores y pobladores de él y de las ciudades y villas que en él están pobladas, no habrá después quién dé verdadera y entera noticia de semejantes sucesos, de quien yo he habido muy entera y verdadera relación de todo lo que escribo, y aun mucho de ello he visto y veo por mis propios ojos y lo he andado, y como testigo de vista lo afirmo y escribo, por lo cual me parece que se puede tener por más cierta esta historia que las que algunos han escrito en España y en otras partes de Europa por relaciones inciertas que les han dado, y de ello no les pongo tanta culpa, pues los hombres parece que en alguna manera están obligados a dar crédito a lo que los otros les dicen, y porque en este caso la sinceridad y claridad de esta escritura da testimonio de la verdad que en ella hay, proseguiremos adelante con la historia de la Palma, de quien en el presente libro tratamos.

Foto antigua del municipio.

El año de mil y quinientos y sesenta, siendo en la ciudad de Mariquita corregidor y justicia mayor el capitán Francisco Núñez Pedroso, que la pobló, y teniendo deseo y voluntad don Antonio de Toledo, que en la sazón era alcalde, de ir a conquistar y poblar en esta tierra de colimas, estaba prohibido el hacerse nuevos descubrimientos y poblazones por la majestad real y por los del su Consejo de las Indias, por lo cual la Audiencia del Nuevo Reino tenía cerrada la puerta a semejantes peticiones, por lo cual ninguno no osaba pedirlas ni hacerlas; y así no quiso por esta vía don Antonio intentar ni hacer lo que pretendía, mas a su instancia se juntó el cabildo de Mariquita con el corregidor o justicia mayor Pedroso, y ellos de poder absoluto, fingiendo ser cosa necesaria a su república, nombraron por caudillo o juez a don Antonio de Toledo para que fuese a visitar y correr los términos de aquella ciudad y a defender los naturales que estaban de paz, para que sus comarcanos y cercanos vecinos los colimas no les hiciesen daño; porque se quejaban los panches, indios sufragáneos a Mariquita, que por las antiguas enemistades que entre ellos había habido desde el tiempo de sus mayores, no vivían al presente seguros de las asechanzas de sus contrarios, los cuales aprovechándose de la ocasión que el tiempo les ofrecía, en el ínterin que los panches venían a servir a sus encomenderos y andaban ocupados en lo que los españoles les mandaban, los colimas, tomando las armas en las manos con ánimos de enemigos, se entraban por sus pueblos y los arruinaban, cautivando y matando sus mujeres e hijos y otras personas que en los tales pueblos hallaban, destruyendo y atalando sus campos y labores, y haciendo y ejercitando todos otros géneros de bárbara crueldad que podían.

Para obviar y estorbar estos daños, a cautela, como he dicho, fue nombrado don Antonio, para que con gente corriese los términos y ahuyentase los enemigos. Juntó don Antonio hasta treinta soldados extravagantes y algunos vecinos, que por todos serían casi cuarenta hombres, con los cuales salió en este mismo año de la ciudad de Mariquita llevando consigo más de trescientos indios amigos del propio territorio de Mariquita, llamados calamoymas, por ser de ciertas poblazones y valle llamados de este nombre.

Con esta gente referida se apartó don Antonio de toda la tierra y términos de Mariquita y se entró en la tierra de los colimas por una loma llamada de sus propios naturales, de Caparrapí, en la cual se alojaron por respeto de que en ella, un poco apartado del alojamiento, estaba un peñol fortificado por la naturaleza, que allí lo puso de tal suerte que sí sus defensores obstinadamente lo defendieran, ninguna gente bastara á entrarlo, porque a él se había de subir por unas escalas hechas de bejuco, por donde los propios indios bajaban y subían y se proveían de lo que habían menester y defendían el pasaje para el valle de Caparrapí que es donde la loma tenía esta nominación. 

Algunos españoles de su propia autoridad, se fueron con sus armas a ver si podían tomar este peñol y echar de él a los indios que lo guardaban, lo cual hicieron, aunque con trabajo y riesgo de sus personas y vidas, porque como se llegasen y acercasen al peñol los indios que estaban en su guardia, comenzaron a defender la subida y aun a hacer que se arredrasen y apartasen los españoles algo lejos, disparando contra ellos gran multitud de flechas. Los nuestros, defendiéndose, tiraban algunos arcabuzazos a lo alto, y con el alarido y voces que de la una parte y de la otra había, fueron oídos a donde don Antonio de Toledo estaba alojado, el cual luégo envió otra media docena de arcabuceros en socorro de los demás españoles que ya estaban en la refriega con los indios del peñol. Juntarse los unos y los otros y usaron también de sus arcabuces que aliende de otros indios a quien hirieron, mataron al principal o capitán de los que defendían la subida, y como estos bárbaros nunca habían visto arcabuces ni el daño que hacían, lo habían experimentado más de esta vez, espantados y atemorizados del daño que en matarles su capitán recibieron, y creyendo que si permanecían en aquella defensa habían de ser todos muertos y consumidos, desampararon el paso y huyendo bárbaramente se retiraron, de suerte que los españoles, sin recibir daño, subieron al peñol, y pasando adelante, bajaron al valle de Caparrapí, donde se proveyeron de la comida que quisieron, y se volvieron muy contentos a donde don Antonio y los demás españoles habían quedado alojados.

Dende a pocos días, para más claridad de lo que adelante había, don Antonio envió un caudillo llamado Diego de Posadas con soldados que fuese a ver y visitar la tierra comarcana, por donde toda la demás gente y carruaje habían de caminar y proseguir su descubrimiento. Posadas, caminando por la propia loma y peñol que poco antes habían allanado los soldados referidos, se bajó a la caldera y valle de Caparrapí, donde de repente dio en ciertos bohíos de poca gente, y así no hubo resistencia en ellos; pero después de tomados y habidos a las manos le flecharon un español de esta manera: bailaron los soldados gran cantidad de flechas y puyas hechas en estos bohíos, y tomando un español de los que allí estaban ciertos manojos de ellas, se llegó a una india, mujer vieja, a la cual, mostrándole las flechas y puyas, le dijo que para qué eran y hacían aquel género de armas, más por tener materia y ocasión de indignarse contra ella, que porque ignorase el efecto de ellas. La buena vieja, que debía ser tan antigua en maldades como en días, tomó una de las flechas en la mano y arrimose al español, y metiéndosela por el muslo le dijo: estas flechas para esto se hicieron.

Pero este su loco atrevimiento puso términos antes de tiempo en su vida, porque queriendo los circunstantes castigar el bárbaro atrevimiento de esta india, no mirando que era mujer, las cuales suelen ser reservadas entre españoles de todo daño y mal tratamiento, la mataron allí incontinenti, y el soldado fue en el mismo punto curado con la cruel cura que los españoles del pueblo de la Trinidad suelen curar semejantes heridas, porque la yerba es toda una, y así es necesario que la medicina sea la propia. Cortáronle buen pedazo de carne, con que le atajaron la yerba que no pasase adelante. Fue este el primer soldado que en esta tierra o de estos de don Antonio hirieron.

Prosiguieron por el valle de Caparrapí adelante, y en una loma que se dice de los Itocos, vieron estar gran cantidad de indios puestos a punto de guerra; y considerando que por respeto de ser pocos los españoles no les viniese daño de la muchedumbre de los bárbaros que por los altos parecían, se alojaron en un bohío o casa que estaba puesta en un alto, en cuyo sitio los pocos españoles que iban, siendo ayudados de la fortaleza del lugar, resistirían a muchos indios que les acometiesen, y efectuando este acuerdo y alojándose como he dicho, se estuvieron allí hasta que la noche apartó de su presencia los escuadrones de indios que les estaban dando grita y haciendo muestra de quererles acometer. Y por parecerles a los nuestros que seguramente no se podían retirar de día, se retiraron aquella noche hacia el alojamiento donde don Antonio había quedado; pero esta su retirada de noche no fue tan honrosa ni segura que no redundase en daño suyo, porque como los indios tuviesen fortificados los caminos con puyas y hoyos, se les empuyaron doce españoles malamente y estuvieron otros en peligro de caer en un gran hoyo que hallaron atravesado en el camino, a donde solamente cayó un perro de ayuda que consigo llevaban y se estacó y metió por el cuerpo siete u ocho estacones. Los españoles no osaron dejarlo allí, porque habían dado a entender, para que fuesen más temidos, que no les empecían ni mataban a los perros ningunas flechas ni puyas ni otras asechanzas que contra ellos se pusiesen; y así lo llevaron cargado en una manta al alojamiento.

Quedáronse junto a este hoyo cuatro soldados en salto, porque los indios habían de acudir a ver el daño que su hoyo había hecho, y dende a poco acudieron cuatro dispuestos indios, con sus arcos y flechas, y como llegasen algo más descuidados de lo que se requería, salieron a ellos los de la emboscada y tomáronlos todos, y allí les dieron a entender cómo no habían de poner semejantes asechanzas y lazos en los caminos; y para que quedasen castigados de todo punto fueron allí muertos miserablemente.  Yendo caminando este propio día Posadas con los otros compañeros que llevaba, los indios de la tierra se pusieron en un alto a decirle que había mostrado flaqueza en retirarse de noche y no esperar al día; que volviesen atrás a su poblazón, porque tenían deseo de probar la fuerza de sus armas.

Posadas, como llevaba heridos tres españoles, respondíoles que si algo querían que viniesen donde él estaba, y con esto no dejó de caminar todo el día y parte de la noche por verse fuéra del peligro que los bárbaros le ponían, y así, a buen rato de la noche, llegó a donde don Antonio estaba, y le dio noticia y relación de haber visto mucha gente y poblazones, las cuales se le debieron de acrecentar más por el aprieto en que pensó verse que por lo mucho que anduvo.

Capítulo segundo En el cual se escribe cómo don Antonio, bajando al valle de Caparrapí, se empuyó, de que estuvo muy malo, y se tomó a retirar a la loma, donde antes había estado, hasta que mejoró y se quiso salir y volver a Mariquita, y a ruego de los soldados lo dejó de hacer. Trátase la causa por que muchos indios comarcanos a este Reino no se han convertido ni convierten con la facilidad que los del Pirú y Nueva España lo hicieron y han hecho.

Don Antonio y los soldados que con él estaban tuvieron esperanza que los indios de Caparrapí y algunos sus comarcanos les saliesen de paz y vinieran a visitar a su alojamiento; pero como esta gente eran de nación muzos, parece que en alguna ma­nera seguían la opinión de los demás de la provincia en ser partícipes en su rebelión, nombre a mi parecer impropio, porque una gente que jamás había conocido rey ni señor y quería conservar su antigua libertad, en ninguna manera se debía llamar rebeldes; pero pues la voz y opinión del vulgo en este caso es tan poderosa, paréceme que yo no puedo dejar de seguirla y usarla en llamar rebeldes a los que jamás de voluntad se humillaron; por lo cual alzaron los españoles sus tiendas y toldos y caminaron hacia la caldera de Caparrapí con desinio e intención de constreñir y forzar por la vía que pudiesen a los naturales de aquel valle y a los demás comarcanos que se les sujetasen y fuesen feudatarios, que es lo que llaman, como en otras partes he dicho, paz y dar el dominio al rey, y de cuyo entendimiento carece bien esta gente y aun toda la más de las Indias, sino es que por curso de tiempo lo vengan a entender. 

La bajada a este valle o caldera es algo áspera, de suerte que los españoles no podían bajar en sus caballos, y constreñidos de esta necesidad se apearon, así el capitán como los soldados, y todos bajaban a pie, trayendo cada cual sus armas y caballo junto a sí. Los indios tenían reparado el camino o fortificado con algunas puyas que en él y fuéra de él habían puesto, en dos de las cuales fueron lastimados y empuyados el capitán de esta gente, don Antonio de Toledo y otro soldado.

El puyazo de don Antonio de Toledo fue en la espinilla de la pierna, y según la demostración hacía parecer ser de poco peligro, y así fue curado livianamente, por lo cual le hubiera de costar la vida, que no se le hizo más beneficio de quemarle con fuego. El otro soldado que con el capitán se empuyó, como su herida dio demostración de más peligrosa, fue curado con más diligencia y cuidado, cortándole toda la carne que iba enfistolando y tocando la yerba, basta dejarle en carne limpia y sana; y acontece con esta cura, siguiendo el rastro y quemazón de la yerba, raerle la carne de las canillas y otros huesos, por donde se va extendiendo la ponzoña.

Y atento a este suceso los españoles se alojaron en los primeros bohíos que bajados a la caldera hallaron, de donde don Antonio envió a Juan del Olmo con gente a que viese si cerca de allí había algún sitio acomodado donde seguramente se pudiesen alojar. Este Juan del Olmo no es el descubridor del Reino que entró con Jiménez de Quesada, de quien atrás, tratando de la ciudad de la Trinidad, hemos hecho mención, mas es deudo suyo.  Este caudillo fue con la gente que le fue señalada, y anduvo la tierra, y en una loma a donde señoreaba y vía el valle llamado Biripi, le pareció que había sitio cual se le habían mandado elegir y escoger, y con este recaudo se volvió el propio día que salió a donde había quedado don Antonio, el cual luégo otro día siguiente, con toda su gente marchó y caminó para el lugar dicho, a donde llegados que fueron se alojaron en dos bohíos que allí había; y aunque por parte de los españoles fueron los indios llamados para que fuesen sus amigos y se confederasen con ellos, jamás vinieron en ello.

Detuviéronse en este alojamiento ocho días, en los cuales se agravó la enfermedad de don Antonio de tal suerte que le fue necesario, por el evidente peligro en que estaba, ordenar su alma y hacer lo que como cristiano era obligado; en lo cual no fue punto perezoso don Antonio, porque todo lo hizo por mano de un religioso que consigo llevaba, llamado fray Antonio de León, de la orden de Nuestra Señora del Carmen. Con todo esto iba empeorando don Antonio, por lo cual le pareció retirarse atrás, con esperanza de que con los aires de su tierra y provincia mejoraría; y por defeto de no poder caminar a pie ni a caballo, fue llevado a hombros de los indios a la loma de Caparrapí, donde antes había estado alojado, de donde señoreaba y vía la tierra de los calamoymas, indios y términos de Mariquita y otras muchas poblazones, donde don Antonio mejoró y dio muestras de tener entera salud; después de lo cual determinó de volverse a Mariquita, su pueblo, por no andar en tierra de tanto peligro.

Los soldados y otras personas que con él estaban sintieron gran desabrimiento de oír esta nueva, y así, de conformidad todos le rogaron que no se saliese fuéra de la tierra, porque era dejarlos perdidos y pobres y en casas ajenas, mas antes volviese a entrar la tierra adentro y poblase un pueblo y les repartiese los indios para que se pudiesen sustentar. Don Antonio les dijo que si se obligaban y juraban de sustentar el pueblo y que permanecerían como estaban, que él haría lo que le rogaban los soldados y vecinos de Mariquita que allí había; vinieron en ello y lo hicieron y otorgaron y juraron como don Antonio se lo pedía y aun más adelante.  En el ínterin que estas cosas pasaban entre los españoles, los indios y naturales de aquella tierra no cesaban de ponerse por los altos a mirar y ver y entender el fin de lo que los españoles pretendían hacer; y acaso un día, por consejo de fray Antonio de León, fueron llamados ciertos indios que en un alto se reparcieron, de los cuales el uno se llamaba Thama y el otro Amo.

El religioso, por medio de los intérpretes, les comenzó a decir cómo habían venido él y los demás españoles a predicarles y enseñarles la ley evangélica y a encaminarlos por la vía de la salvación y a darles a entender cómo la gentilidad en que vivían era vanidad y camino de perdición. Los dos indios respondieron que se holgaban de entender lo que les decía y que estarían atentos a la lo demás que les había de predicar; y así fray Antonio les comenzó a dar a entender, aunque con harto trabajo por defecto de los intérpretes, lo que sabía o le pareció de la ley evangélica; y como estos indios no saben qué cosa es la ley de natura ni naturalmente viven bien, mal podían entender la suavidad de la evangélica, pues la una ha de asentar sobre la otra, como perfección y matiz con que a cualquier figura se le da entera gracia, y así estos bárbaros comenzaron muy despacio a reírse de lo que el fraile les decía, como cosa que no les cuadraba, por la mucha libertad y disolución de su bárbaro vivir.

Y viendo don Antonio cuán fuera de propósito se les hablaba, para darles el mantenimiento que conforme a su talento y rusticidad de juicios habían menester, llamó a los indios moscas y panches y les dijo que él y los demás españoles habían venido a aquella tierra para que los entendiesen y sirviesen, de la suerte y forma que los indios moscas y panches entendían a los otros españoles de Mariquita, Tocaima y Santafé. Los indios, entendiendo lo que se les decía, dijeron que eran muy contentos de ello; y verdaderamente, pretender luégo a los principios y primeras vistas, con una gente tan terrestre y bárbara como esta y que viven en todo y por todo contra la ley natural, darles a comer un manjar tan suave y delicado como es la ley de Cristo, me parece que es yerro muy grande, sino que antes todas cosas se extirpen de entre ellos aquellas cosas que más los ofenden para la conservación de su vida, como es comerse los unos a los otros inhumanamente; y por esta causa y respeto hacerse crueles guerras, usar de una muchedumbre y multitud de mujeres, por ninguna vía querer para el prójimo lo que para sí quieren, vivir divididos y apartados unos de otros en partes remotas y solitarias y nunca permanecer congregados en una parte, de los cuales dice el filósofo que su vida o es angelical o bestial; y de esta gente ciertos somos, por lo que la experiencia nos ha mostrado, que antes viven a imitación y ejemplo de fieros y agrestes animales que de hombres humanos, cuanto más subir a la alteza y superioridad angelical.

Y extirpados estos y otros errores que en ellos hay, entra muy bien la cooperación y predicación evangélica, si ya no queremos que el Todopoderoso Dios, con su entera omnipotencia, use de aquellos misericordiosos y excelentes e incomprensibles milagros de que en la primitiva Iglesia usó por su misericordia, multiplicando siempre el número de los creyentes hombres gentiles y bárbaros al que los emperadores y apóstatas perseguidores de la Iglesia católica martirizaban porque   creían y tenían la fe católica cristiana y eran baptizados.

Y si alguno me quisiere decir que la gente de la Nueva España y Pirú son ya cristianos todos los más y se han apartado y apartaron luégo de los errores de su gentilidad mediante la predicación y exhortación que al principio se les hizo mediante  la gracia y auxilio divino, yo se lo concederé; pero era gente de más agudos ingenios y que se gobernaban y regían debajo del gobierno de un rey y señor que, aunque gentil y bárbaro, se puede decir que naturalmente vivía bien, pues tenían tanto concierte y orden en el gobierno y regimiento de sus reinos y provincias cuanto por sus historias se puede ver. Y eran tan inclinados los naturales de aquellos dos reinos a seguir la voluntad y opinión de sus reyes, que no querían ellos ni hacían más de lo que por su rey se les mandaba y aquello tenían por cosa muy acertada y verdadera, y así en la hora que los principales de estos dos reinos dejaron y echaron de sí la vanidad de los ídolos y siguieron lo que se les enseñaba de la ley evangélica, todos sus sujetos e inferiores hicieron lo mismo y fueron conociendo por mano de nuestros sacerdotes y predicadores el bien y vía de salvación que todos o los más ahora tienen. Pero esta gente de quien vamos tratando, que son muzos o colimas y otras cercanas naciones del Nuevo Reino, como son panches, que se incluyen en los pueblos arriba dichos, y laches, que son en términos de Tunja, y guates, que caen en términos de Vélez, y las gentes y naturales de Pamplona y Mérida y villa de San Cristóbal y Santiago de los Llanos, que todos estos carecen de caciques y señores principales que los gobiernan a quien enteramente obedezcan, porque aunque entre algunas de estas naciones hay una manera de personas principales a quien el vulgo o gente española ha puesto nombre de caciques o capitanes, lo cierto es que no lo son, ni como tales son obedecidos ni respetados ni guardados sus mandatos por los indios. Solamente, como en otros lugares de esta Historia he dicho, al indio que es más valiente o más rico o más emparentado, se le tiene una manera de respeto para irse a holgar a su casa y beber y bailar, o seguirle en la guerra, y no para más.

Y esto no lo hace toda la gente de cualquiera de estas provincias en común, sino cada lugarejo, o pueblo en particular, y así, el  que el tal principal dijese que dejando los ídolos y las otras cosas que son contra la ley de natura, y recibiesen y guardasen la evangélica, burlarían de él como de hombre loco y que persuadido de los religiosos y cristianos, quiere dejar la costumbre y superstición de sus mayores en la que han vivido tantos tiempos libre y disolutamente, por seguir la que a los buenos es dulce y suave y a los malos y precitos, por su propia maldad e iniquidad, le parece estrecha y apretada. Por todo lo cual, como he dicho, a semejantes gentes que estas, no se les debe luego poner en las manos la suavidad de la ley de gracia, sino que primero sean inducidos humanamente a que sigan el trato y contrato que los otros indios sus comarcanos tienen con los españoles, sin perjuicio de su buen tratamiento y libertad, pues la austeridad de sus condiciones e inclinaciones y mal vivir lo pide así; y después, por mano de los religiosos y buenos sacerdotes, se consigue con más docilidad de los propios naturales el principal fin.

Y por estas consideraciones, sometiéndolas ante todas cosas, a mí y a ellas, a la Santa Madre Iglesia y al juicio y parecer de quien mejor salida y remedio diese a ellas, ni alabo la vehemencia con que fray Antón de León comenzó a predicar a estos indios, pues carecían de las partes dichas para recibir esta simiente del Evangelio, ni repruebo el modo que don Antonio tomó para dárselo mejor a entender, con lo cual los indios se fueron muy contentos prometiendo de volver el siguiente día con muchos indios de paz, lo cual cumplieron en la forma y manera que en el siguiente capítulo se tratará, aunque según se entendió sin ser estos dos indios en ello culpables.

Tomado de la Biblioteca Luis Angel Arango del Banco de la República.


Últimas Noticias

Suscribase a nuestro boletín    ... y reciba toda la información de su municipio