Rossy Suarez

Rossy Suarez

2019-02-08

Gloria al bravo pueblo...

Las estrofas escritas en el alma heroica. La azarosa decisión de ser libres fue dejando el espíritu esclavo para volverse valeroso protagonista de una epopeya. Esa hoguera patria arde en el pecho de la historia venezolana; cuando nadie creyó en la redención de la coyuntura, apareció nuestro valor; esa fortaleza nacional se exhibe hoy en las calles de la nación. El pueblo, manipulado por este indigesto fraude, retornó a sus raíces para enfrentar un régimen abusivo que destruyó nuestro futuro. Desde la génesis del proceso revolucionario, los venezolanos fuimos comprendiendo que estábamos sometidos al peor de los escarnios. Que los viejos odios sepultados por la democracia se erigían como tsunami de nuestras riberas constitucionales; el maremágnum del desprecio por la libertad fue haciéndose común entre quienes dirigían el gobierno desde la camarilla de la venganza.

Cada instante fue un suplicio que soportábamos con estoicismo, el arrebato personalista se alimentó de nuestras debilidades para asumirse como eterno. Los venezolanos fuimos perdiendo el miedo hasta lograr sobrevivir en medio de enormes dificultades. La realidad actual es muy distante del realismo de hace veinte años. El pueblo se hartó de abusos, ya no se deja convencer por la propaganda, que manipula el cuadro real para hacernos creer toda su sarta de mentiras. Rompió las amarras para buscar una salida democrática que nos devuelva el país.

Hoy, Nicolás Maduro es un viajante de sus monumentales incapacidades. Un errante pasajero envuelto en la bruma del cuestionamiento universal. El mundo libre rechaza contundentemente sus métodos represivos, ni siquiera sus cercanos de vecindad ideológica se esfuerzan por estar apoyándolo de manera decidida. Es muy incómodo acompañar a quien dinamitó la libertad venezolana, exhibe resultados magros en todos los órdenes y vulnera el Estado de derecho para, desde sus enormes abusos, crear una telaraña de dispendio y corrupción inimaginables. Un pueblo hambriento que huye sin rumbo fijo, buscando futuro entre migajas que considera manjar del paraíso. Su régimen es percibido como la peor calamidad que pueblo alguno pueda soportar; quizá por ello, el único apoyo entusiasta que recibe es el cubano. La tiranía antillana es la sobrevivencia de un viejo dinosaurio del paleolítico de la Guerra Fría. Su influencia es mínima en el concierto de las naciones. Cada uno de sus antiguos amigos comienza a marcar prudente distancia, nadie quiere verse involucrado con semejante compañía. La soledad de su desierto indica que el cambio nacional se aproxima. Refugiado en Miraflores, las horas son la cárcel de sus angustias. Pocos se hacen solidarios, los apoyos escasean en su momento cumbre. Al observar por su ventana verá cómo el repudio del pueblo se escucha a metros de palacio, es el bravo pueblo en estrofas de libertad...


Fuente 

Alexánder Cambero

eltiempo.com

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