La Guía Cundinamarca

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2019-07-10

Hora de cambiar el chip Hay muchas formas de sancionar a un hijo sin necesidad de recurrir a la violencia.

La última vez que me dieron una muenda fue en 1976, cuando yo era un muchacho de doce años que incursionaba en la adolescencia. Traer esas escenas a mi memoria me produce una serie de sentimientos desagradables, pues castigar físicamente a un niño no solo es un acto de humillación y de atropello contra los miembros más indefensos de la sociedad, sino que es un hecho en el cual confluyen varias formas de abuso, todas repudiables. Por una parte está el abuso físico. Cuando un padre golpea a un menor, este se encuentra en completo estado de indefensión, pues hay un desbalance evidente en cuanto a la constitución física y la fuerza que puede ejercer el adulto sobre el niño. Y no: no es cierta esa estúpida frase que algunos mayores esgrimen al azotar a sus vástagos. “A mí me duele más que a ti”, se atreven a espetar, mientras le infligen a uno los porrazos despiadados. “¡Qué te va a doler nada; el que sufre los golpes soy yo!”, solía pensar mientras la piel se me ponía roja al recibir los varazos. Pero la cosa no se queda ahí: también hay un abuso psicológico. Yo recuerdo el pánico que me invadía cuando mi mamá me mandaba llamar con alguno de mis hermanos, después de haber cometido alguna pilatuna. Era lo más parecido a dirigirse a un cadalso. Yo temblaba y sudaba frío mientras caminaba con la respiración agitada por los corredores de la casa. Eran momentos eternos y angustiosos, en los que yo hubiera dado cualquier cosa por desaparecer del mapa, por que me tragara la tierra, pues sabía que la pela era inevitable y, desde luego, que me iba a doler mucho. Ha sido muy triste y frustrante comprobar que es en su propia casa donde los niños corren más riesgos y donde sufren más vejámenes de toda índole, ocasionados por sus seres queridos Como si todo esto fuera poco, hay otro factor que hace más detestable el castigo físico a los niños: el abuso moral. A uno lo criaron con la idea de que a los papás no se les puede agredir. Peor aún: le inculcan la creencia de que es pecado mortal que un hijo golpee a sus progenitores, así estos acudan a la violencia como medida correctiva. Es decir, en esos casos también el menor queda en clara desventaja, a merced de una persona hecha y derecha. Por último, en estas circunstancias se configura también un abuso de autoridad, pues aunque sea obvio que en la casa manden los papás, eso no convierte a los hijos en súbditos. Por experiencia, sé que en algunos casos a los hijos toca educarlos y corregirlos con firmeza; pero una cosa es actuar con rigor en determinadas situaciones y otra muy distinta, caer en la irracionalidad y recurrir a los golpes; pues al fin y al cabo la violencia denota una carencia absoluta de raciocinio. Hay diversas formas de sancionar a un hijo sin necesidad de recurrir a la fuerza. Confieso que estas cavilaciones sobre el impacto negativo del castigo físico las he tenido ya de adulto, pues de niño solo era consciente del dolor que me ocasionaba una ‘fuetera’ o una paliza recibida en mi propio hogar, en el sitio donde se supone que uno debía sentirse a salvo. Y digo “se supone” porque con el correr de los años ha sido muy triste y frustrante comprobar que es en su propia casa donde los niños corren más riesgos y donde sufren más vejámenes de toda índole, ocasionados por sus seres queridos, por las personas encargadas de velar por su bienestar. En resumidas cuentas, a pesar de que han pasado tantos años, todavía me causa indignación recordar esas situaciones de violencia indescriptible. Y por esa razón me gusta la propuesta de Juliana Pungiluppi, directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, de “acabar con la normalización del castigo físico”. Desde luego, la discusión apenas comienza y no va a ser fácil cambiar ese chip en un país donde muchos consideran que “de vez en cuando” una palmada o un correazo tienen efectos terapéuticos. En todo caso, cuente con mi respaldo sin reservas, doctora Pungiluppi.
Fuente: Vladdo

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