La Guía Cundinamarca

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2019-11-07

Dilemas animalistas

Hace más de un año me hospedé en una de las pequeñas casas de campo de un condominio situado a las afueras de la ciudad donde filmaba una teleserie. No era un lugar silencioso. En las madrugadas, varios gallos empezaban a cantar a las 4 a. m. y despertaban a los perros, caballos, vacas y pájaros de los alrededores, y por las noches había remate con coro de ranas y chicharras. Como viví ahí sola por casi dos meses, me acostumbré a la fiesta que armaban esas criaturas a todas horas. Pero los domingos, también por la mañana, oía en eco los chillidos de los cerdos que sacrificaban en las fincas vecinas. Esperaba ese día con horror; sabía que entre las 9 y las 11 sucedería el concierto de la matanza. Mientras me tapaba los oídos con las almohadas, pensaba en los animales que comemos y encerramos en corrales o andan en manada y en rebaños, en cardúmenes y en parvadas, y que miramos como un paisaje distante y pintoresco, sin sentir el latido individual de cada uno de esos corazones nerviosos que comparten con el nuestro su ajena voluntad de pulsar.

Espantada por los alaridos, recreaba la imagen de la sangría doméstica, pero también la de la fábrica indigna de animales convertidos en productos de la lascivia del progreso económico. Visualicé mi propia carne, que, una vez muerta, se parecerá al deshecho mórbido que dejara el último gruñido de dolor de aquellos cerdos.

Es curioso que el hombre ‘civilizado’ sacraliza, sataniza, unge y humilla cuerpos muertos y vivos de hombres y animales a su antojo y se inventa ‘narrativas’ para justificar lo natural que a veces es matar o hacer doler para causar un bien.

Espantada por los alaridos, recreaba la imagen de la sangría doméstica, pero también la de la fábrica indigna de animales convertidos en productos de la lascivia del progreso económico

Se me ocurre que para unirse al manifiesto animalista hay que ser también vegano o, al menos, enemigo de la inhumana industrialización de los productos derivados de los animales y de la inevitable crueldad de la que ellos son víctimas para que el mercado –no el hombre, ni mucho menos el animal– se mantenga saludable.

Sin embargo, por bien que me sienta al irme persuadiendo de esto, me desconcierto cuando me veo comprándoles a mis gatos carne enlatada en un exitoso supermercado. De modo que mi discurso ético como animalista y aspirante a vegana no se sostiene. Si lo logra, no será nunca un dogma nutricional ni moral, sino más bien mi tributo íntimo y mínimo al poder de sufrir por abuso y violencia que tenemos todos los animales del mundo.


Fuente: Margarita Rosa de Francisco

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